Cuando somos pequeños se nos enseña lo que está bien y lo que está mal, lo correcto e 
Al inicio
Durante nuestra infancia, nuestros padres nos educan de manera que aprendamos que nuestros actos tienen consecuencias, que hay acciones incorrectas que nos traerán un castigo como resultado.
Mientras son ellos los que se encargan de nuestra educación, depende de ellos mostrarnos como hay que hacer el bien, lo hacen dejándonos saber que las buenas acciones son premiadas y por el contrario, las malas son castigadas. Trascurren los años y dejamos de depender de ellos. Pasa a ser responsabilidad enteramente nuestra la forma en que nos comportemos. Podemos escoger quedarnos con los valores y enseñanzas de nuestros padres o rechazarlos y tomar un camino diferente.
Una vez que tenemos edad suficiente para darnos cuenta de nuestro entorno y analizarlo, vemos el mundo de forma distinta y tomamos nuestras propias decisiones al respecto. Notamos cómo no todo lo que nuestros padres nos decían cuando éramos pequeños es verdad, y resulta que ellos son tan humanos como cualquier otra persona, que ellos también pueden equivocarse. Así que ponemos en duda sus lecciones, ya sea porque no
En ocasiones esto nos lleva no sólo a saber que nada es blanco o negro, sino a distinguir toda una gama de colores en el medio. Esto nos hace perder la nitidez de la línea dibujada entre lo bueno y lo malo. Y lo que está mal se nos presenta ya no sólo en forma de tentación, sino además se disfraza de «lo correcto» a manera que nos podamos justificar a nosotros mismos el hacer algo no correcto.
Descubrimos la maldad
Todos nacemos inocentes. Al inicio de nuestras vidas, somos pequeñas «esponjitas» listas para absorber todo el conocimiento y las experiencias a nuestro paso. Desgraciadamente, parte de ese conocimiento es la maldad que nubla el mundo y de paso a las personas. Obtenemos recuerdos de experiencias non gratas que contribuyen a que vayamos acumulando 
Nos decepcionamos y vamos perdiendo la esperanza. No de inmediato quizá. Tal vez nuestro primer impulso sea tratar de salvar a todo el mundo de la decadencia, pero llega el momento inevitable en que debemos aceptar que dicha carga es demasiado para una sola persona. Así que nos quedan dos opciones principales: ver lo bueno en el mundo, mantener la esperanza y avanzar tratando de hacer cuanto bien podamos dejar a nuestro paso, o corrompernos y ceder ante la maldad del mundo.
Decisiones
Todos tenemos esos pensamientos que representan la voz de nuestros deseos, tentaciones, y tenemos también la conciencia que sabemos que nos va a poner muy difícil estar tranquilos cuando hacemos algo que no creemos que esté bien. Es nuestra decisión a cual de ellos hacer caso.
Si tomamos el camino correcto o el opuesto, será responsabilidad nuestra. En cualquier caso, si escogemos hacer lo correcto o no, somos nosotros los que lidiaremos con las consecuencias.
En conclusión.
Este mundo en el que vivimos está lejos de ser perfecto. Nos deja muy buenas enseñanzas, pero también otras no tan buenas. Ya es decisión nuestra cuales apropiarnos y cuales dejar de lado. En estos tiempos es difícil definir lo que está bien y lo que está mal con precisión. Pero si nos lo proponemos, podemos acercarnos bastante a ver con claridad la diferencia entre ambos.
Reflexionemos sobre lo anterior para así movernos a mayor conciencia por la vida. Ten cuidado. Sigue tu propio código moral y de ética, las reglas de la sociedad con la que convives a diario, y así estarás más en paz con todos y contigo mismo. Y recuerda que fundamentalmente, si lo que haces te daña a ti o a algún otro, no puede ser bueno.

